Extramundi

En el mundo al que arribé la mitad de los varones se llamaban Caín. El primogénito de mis padres también.
Él me enseñó a hacerme la lazada en el calzado, a conseguir alimento de las entrañas de la tierra, a amar la primera luz del sol, a guiarme en la oscuridad leyendo las estrellas.
¿De qué modo se lo agradecí?: Siendo el bendecido.
Nací en mi hermano la sed de sangre.
De mi sangre.

Huí.

Hoy que todo esto es tan lejano, tanto que apenas se tiene la certeza de que alguna vez se haya vivido, paseo mi carga por la arena de Phuket.
Ensimismado, cabizbajo, con las manos agarradas tras la espalda como es mi costumbre, pienso en Elsa, y en los niños, y en todo lo que nos queda por vivir.
Ajeno a los gritos de los turistas que, mientras filman mi paseo en sus videocámaras, tratan de advertirme del peligro que acecha.

Entonces, el agua llega. El agua que no cesa.

Cuando el mar se retira, la intangible ausencia de lo que fui, apenas acaricia la arena mojada…

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