Escupido

Esta, mi patética imagen devuelta por el azogue, fondón, ajado, apenas cubiertas las partes por unos andrajos de algodón ennegrecido, el carcaj vacío apoyado en la cintura, el arco cansado al borde de la temblorosa mano, la nieve cubriendo ya hace tiempo mis ojos, la planicie de mi cráneo mal disimulada por una vieja peluca rescatada de la basura, asomando mis alas desplumadas…

Este, que más que apuntar, ejecuta. Que confunde los perros con los hombres, las mujeres con los caballos, las sotanas con los pañales…

¡Cuánto tiempo ha pasado desde que me arrancaron de la cadena de montaje! Un ascenso, dijeron. Conocerás mundo, dijeron. Un bonito uniforme, dijeron. Y yo acepté con los bríos de la juventud espoleando y la ceguera de la inexperiencia afirmando mi respuesta.

Nada me dijeron del frío de la fecha. De los rigores del invierno. De vivir en constante tiritona. De caer una y otra vez en las fauces de la pulmonía. Nada me dijeron de la soledad perpetua del célibe arquero cuyas saetas son deseadas por todos, pero que nunca recibirá la herida…

Y hoy condenado, agotado por el esfuerzo, con disnea y pitando como los pulmones de un crío asmático, anhelando un inhalador que sé que nunca disfrutaré, me quedo atónito, rendido, enfrentándome al espejo, perdiendo la partida y, a pesar de ello, levantando la bandera que tanto tiempo he defendido, consigo en un último intento, extenuado por el esfuerzo, gritar el lema que me obliga: ¡Que viva el amor!…

…¡pero que viva lejos, coño!

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