Inercia

Tembló Regina. Casi al borde de la lágrima. Se fue esfumando aquella máscara de impasibilidad que había sostenido todos esos años, pero no dijo ni mú, y nosotros callados como perros.

Alejandro había insistido un montón. No todos los días se cumplen dieciocho. Con lo bien que hubiese estado una cenita romántica. Pero él se envalentonó, empujado por la obligación de hacerse el gallito delante de la cuadrilla.

Ahora, sucumbiendo tras los arneses, al otro lado de la barandilla, asomada al vacío, no había lugar para el arrepentimiento, y menos, delante de aquella pandilla de buitres que esperaban con anhelo cualquier atisbo de miedo para hacerla el centro del festín.

El monitor la animó. Ya todos habíamos saltado. Hubo temblor, excitación, gritos histéricos y, después de cada salto, carcajadas exageradas. El vértigo absoluto del subidón de adrenalina. Regina miró a Alejandro, las manos sudando sobre el metal, cogió aire.

El golpe sordo y el cuerpo inerte nos dibujaron tristísimas sonrisas de estupefacción.

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