Pois, pedras e amor. (Viaje a Portugal 2)

Para celebrar su victoria sobre las tropas de Castilla en 1385, en la batalla de Aljubarrota, Joao I de Portugal ordenó levantar el convento de Santa Maria da Vitória, o lo que es lo mismo, el Mosteiro de Batalha.

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Capela do Fundador. Batalha.

Cuando uno inicia las vacaciones, escapa del perpetuo nubarrón que mora en el cielo de Santiago, se alegra el día con una comidita, y se espabila la modorra dando un paseo por un lugar tan extraordinario como ese, concluye que las vacaciones han comenzado bien. Pero bien, bien.

En Batalha conviven variados estilos, que van desde el gótico radiante con influencias del Período Perpendicular inglés, al flamígero, pasando después al  Renacentismo manuelino y bla, bla, bla…

Fundamental en la visita:

Capilla del Fundador: con las tumbas de Joao I y sus hijos, entre ellas las de Henrique o Navegador (Enrique el Navegante), impulsor de las aventuras marítimas de Portugal. Recordar aquí que con su impulso, bajo el reinado de su padre, Portugal descubrió los archipiélagos de Madeira y Açores, tocó Canarias e inició el rastreo del contorno africano.

Supongo que estar enterrado con la familia en este magno escenario no está mal, pero creo que para un enamorado del mar, como él, una tumba en Sagres o en el cabo de San Vicente mirando al océano al que dedicó su vida sería un homenaje más afortunado.

Capelas Imperfeitas (inacabadas): Panteón del rey Duarte. Pues eso, que no se acabaron. Entrada anexa al edificio principal. Octógono al que le falta la bóveda que habría de cubrir el espacio central, dejando que los elementos que lo habrían de sustentar, sujeten el cielo.

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Gárgola. Batalha.

Portada: Aglomeración de estatuas. Tetramorfos en el tímpano. Apóstoles y demás haciendo compañía. Majestuosa.

Sala Capitular: En ella está la tumba del soldado desconocido en honor a los soldados portugueses caídos durante la Gran Guerra.

Imprescindible: Las gárgolas que adornan todo el edificio.

Imprescindible 2. En la Plaza detrás de las Capelas Imperfeitas, saborear una caneca fría bajo una sombrilla.

El segundo día amaneció nublado y con un calabobos que nos hizo variar el plan que habíamos trazado con antelación al viaje. La idea inicial era ir hasta Peniche y tomar un barco a las Ilhas Berlengas.

Como el tiempo no acompañaba dimos un golpe de timón y aparecimos en Alcobaça.

El monasterio de Alcobaça, al contrario que Batalha no fue construido como monumento conmemorativo de un hecho histórico singular, sino que su traza responde a la Orden del Cister. Fue la primera obra gótica construida en suelo portugués y las obras se iniciaron en 1178.

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Cozinha. Alcobaça.

No me voy a parar especialmente en los espacios que componen su interior, aunque sí me gustaría subrayar la imponente cocina del recinto que llama poderosamente la atención durante la visita, con una lareira de 3 x 8 metros en la base y con una altura de 25 metros, convirtiéndose tras la nave de la iglesia en el segundo punto más alto de la construcción.

Alcobaça nos atrae como un imán, sobretodo, porque en su transepto están las tumbas de los amantes Pedro de Portugal (el futuro Pedro I) y la gallega Inés de Castro, reconocida reina de Portugal después de muerta.

Inés fue acogida en la corte de Valladolid como dama de compañía de Constanza Manuel, hija del infante don Juan Manuel. En 1336, doña Constanza se casó por poderes en Évora con el príncipe Pedro, hijo del rey portugués Alfonso IV. El príncipe, al conocer a Inés se quedó prendado de su belleza, e iniciaron un romance que mantuvieron oculto, hasta que en 1345, Constanza falleció mientras daba a luz a Fernando, tercer hijo del matrimonio y futuro rey de Portugal.

Una vez muerta Constanza, el príncipe Pedro proclamó el romance que mantenía con Inés, noticia que no fue bien acogida por su padre, el rey Alfonso IV, receloso de una posible intervención castellana en el reino y dispuesto a proteger los derechos dinásticos de su nieto Fernando.

La pareja se refugió en Coimbra en la Quinta das Lágrimas, donde dieron rienda suelta a su pasión. Allí Isabel dio a luz a cuatro hijos. En 1354 los amantes se unieron en matrimonio, oficiado en la más estricta intimidad por el obispo de Guarda. La noticia no debió gustar al monarca luso, pues al poco ordenaba –en consenso con las Cortes– el asesinato de doña Inés con el fin de despejar el “hechizo” que ejercía sobre su hijo.

En 1355 tres sicarios dieron muerte a Inés de Castro, lo que desató las iras de don Pedro enzarzando al país durante dos años en un conflicto fratricida hasta que ambas partes lograron la reconciliación poco antes de la muerte de Alfonso IV.

Según cuenta la leyenda, el ya proclamado rey Pedro I quiso resarcir el honor de su amor verdadero. Para ello ordenó desenterrar el cadáver de doña Inés, sentarla en el trono y hacer que los cortesanos, que tanto habían vilipendiado su buen nombre, le rindieran un póstumo homenaje en señal de respeto.

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Tumba de Inés de Castro. Alcobaça.

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3 comentarios en “Pois, pedras e amor. (Viaje a Portugal 2)

  1. Gracias por amenizarnos los dias con historia de la de verdad, y es que poco se saca del dia a dia sino es por ti, por cierto, sabes que cocinaban en semejante lareira?…

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