Pois, Lisboa (Viaje a Portugal 1)

La crónica de esta andanza empieza por el final. Intercalada en el regreso, como el último suspiro del condenado, Lisboa, parada y fonda.

Perderse por sus calles, subir a los eléctricos (tranvías), tomar canecas (jarras grandes de cerveza), pasear por calles que Pessoa, como cantaba Coppini , aclimató a su rumbo.

Devagar.

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Subir a los miradores, cerca del Castelo de Sao Jorge, para disfrutar de las vistas de la ciudad. Más tarde, lentamente, deslizarse a través del laberinto de Alfama, donde el olor a sardinas en la parrilla, la ropa meciéndose en los tendales, los juegos de sombra y sol por las infinitas callejuelas, nos hicieron desembocar en una deliciosa e inesperada sorpresa: pois, café.

Espacio único, a la manera de una nave-salón, donde se puede homenajear al paladar con una comida pausada, en un decorado como de almacén, al que hubiesen ido a parar los viejos muebles de la casa de la abuela, que se desparraman por la estancia hasta llegar al mostrador, tras el cual la cocina se despliega ante los ojos transparente y sencilla, sin trampa ni cartón._MG_0180

Estanterías llenas de libros, de guías, exposiciones temporales, un mar de tranquilidad.

Un placer que no tiene pérdida: mirando la fachada de la Sé (Catedral), tomamos la calle que sale por el margen derecho y a unos 100 metros, llegamos al destino.

No es una diana difícil de acertar. La recompensa merece la pena.

Desde la Baixa, soñada por el Marqués de Pombal de las cenizas que había dejado el terremoto que asoló la ciudad en 1755, tomamos el elevador de Santa  Justa, una preciosidad post-eiffeliana, para aterrizar en una de los múltiples rincones con encanto de la ciudad, el Largo do Carmo, que alberga las ruinas del Convento que lleva su mismo nombre. En estas se ubica el Museo Arqueológico do Carmo de la Asociación de Arqueólogos Portugueses, que alberga en su interior piezas muy interesantes, desde tumbas exquisitamente ornamentadas, a muestras de azulejería de toda la península, e incluso, momias peruanas y egipcias. El escenario es magistral, la cicatriz más visible del terremoto de 1755, con sus arcos que no sostienen otro techo más que el cielo.

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En el Largo do Carmo, a la sombra de los árboles que protegían del calor reinante, descubrimos a un personaje extraordinario: un buscavidas mongol, hablando con mucho aspaviento en ruso por un teléfono móvil, sentado tras una mesa sobre la que descansaban algunas de las acuarelas que había ido pintando a lo largo de sus cinco años de estancia en el país, en los que, según nos contó, había intentado captar su esencia, la de sus mujeres,  la de sus ritmos, trabajando en diversos menesteres sin que le doliesen prendas: campañas de vendimia, trabajos como actor en publicidad, artista a tiempo completo…

Adquirimos dos acuarelas, un desnudo femenino y un Galo de Barcelos espectacular, todo corazón, en los que había aplicado la acuarela con café, consiguiendo que el olor impregnase el papel. Os dejo aquí uno de sus trabajos como actor para la conocida marca de cervezas portuguesa Super Bock.

Un paseo por calles pobladas de músicos callejeros de máximo nivel, nos condujo desde Chiado al hotel.

Al día siguiente, quilómetro a quilómetro, fuimos despertando del sueño.

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3 comentarios en “Pois, Lisboa (Viaje a Portugal 1)

  1. Os ha faltado pillar el tranvía hasta el monasaterio de los Jerónimos, visitar al gusto el monasterio y el museo naval y disfrutar de un café con boliños quentes en la cafetería de la esquina… míticos boliños.

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