Canal du Midi: Preámbulo.

Saliendo un viernes a las 6 de la tarde había que preveer una parada obligatoria para ganar kilómetros y pasar la noche, así que nos decidimos por Carrión de los Condes (Palencia). Parada y fonda. Puerros, lacón, setas y jijas (picadillo), y una copita en el Adarve (pub situado debajo del hostal) donde reventamos la media de edad de manera elocuente, lo que nos animó a retirarnos a nuestros aposentos a una hora prudente.

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Llegamos a Albi a media tarde del sábado. Dejamos las maletas en el hotel Cantepau, en la calle del mismo nombre, y nos dimos un primer garbeo por la ciudad.

Yo había estado en Albi hace unos 20 años. Es una ciudad preciosa, dominada por la mole de ladrillo de su catedral (la más grande del mundo en este material), bañada por el Tarn a cuyas orillas la grapan tres puentes espectaculares, y siempre a la sombra del más mítico de los habitantes nacidos en su seno: Henri de Toulouse-Lautrec.

En el Palacio de la Berbie se encuentra el museo del pintor, una exposición permanente nos descubre las primeras pinturas de infancia, las caricaturas en cualquier soporte, los años de París, los carteles…Un momento para que la vista disfrute que no nos va a robar mucho tiempo.

La otra visita obligada es la de la Catedral de Sainte-Cécile. No nos engañemos, la austeridad exterior de ese enorme leviatán, alberga en su interior un tesoro de color y buen gusto que la decoran desde la base hasta la cima.

Un último punto de interés es la colegiata de Saint-Salvi, con su claustro inscrito en un patio de casas y el pasadizo que esconde.

Cenamos al lado del mercado en un bistrot llamado L’Atelier du Vin, rodeados de gente del pueblo, un local de decoración mínima y cocina máxima. Foie gras de canard mi cuit maison, arenques en vinagreta, salmón, lengua y  estofado de buey (bourguignon), todo ello regado por un Bourdeaux muy fino (Château de Lisennes 2005).

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A media mañana del domingo hicimos parada en Cordes sur Ciel, a veinte kilómetros de Albi. Ciudadela medieval colgada del aire, que se derrama en un entramado de callejuelas salpicadas por un puñado de casas góticas, algunas de ellas con fachadas decoradas por figuras espectaculares, en las que se recrean desde escenas de caza, a otro tipo de representaciones con una interpretación más difícil (figuras gritando que salen de las fachadas, animalillos desfigurados que se cuelgan de las cornisas…).

(Os dejo aquí un enlace a las fotos de las figuras)

En el centro de la ciudadela se encuentra el mercado del siglo XIII. Tuvimos la suerte de que el día de nuestra visita se celebraba en él una especie de feria medieval con degustación de productos de la zona. Se canjeaba moneda real (Euro) por moneda impresa especialmente para la ocasión (Ecu) y, con ella, compramos viandas tales como maigret de canard, salchichas blancas artesanales, vino, y para rematar postres. Sentados en bancos corridos junto a los habitantes del pueblo y de sus alrededores, vestidos de domingo, disfrutamos de una parada suculenta.

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Ya a media tarde nos dirigimos hacia el sur, a través de la Montaña Negra, de donde toma sus aguas el Canal du Midi, para llegar en una tarde lluviosa y fría a Carcassonne.

Carcassonne es una postal, la de su Cité, tres kilómetros y pico de recinto doblemente amurallado que visto desde la distancia ofrece una estampa magnífica. Ya intramuros la postal se convierte en una especie de Disneylandia romano-gótica, un mercadillo masivo enfocado hacia el turista donde se puede comprar todo tipo de souvenirs, parar a comer, o lo que a uno se le ocurra. En esta época del año es asumible, pero supongo que en época estival o en periodos concretos de vacaciones, la visita se puede convertir en un suplicio.

Extramuros, Carcassonne, es una sucesión de calles que se cruzan en una planta rectangular trazada con cartabón, donde se pueden visitar la catedral, el puerto del Canal a su paso por la ciudad, perderse para disfrutar de un café en alguna plaza o, sencillamente, pasear.

El lunes tras aprovisionarnos en un supermercado de existencias para la travesía recogimos nuestro barco de la compañía Le Boat, modelo Marengo, en el puerto de Trèbes. Allí conocimos a la “miejda” Molina…

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