Soria pura, cabeza de extremadura.

Soria es un tajo llamado el collado, por el que se mueven sus gentes en busca de conversación y de viandas, de chocolates con churros en el York, o de un vino o una caña, en una de las múltiples barras que se lanzan a la calle a través de las ventanas de sus bares. 

Soria es la palabra del poeta que vino del sur, encontró el amor, y dejó su corazón enterrado en las frías orillas del Duero. 

“Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.” 

Tras los pasos de Antonio Machado recorrimos el aula en la que impartió clases en el instituto que hoy lleva su nombre, la excepcional portada de la iglesia románica de Santo Domingo (con esa matanza de los inocentes absolutamente gore), el claustro de San Juan de Duero con su sucesión de arcos que en su diferencia conjugan la armonía, y el paseo a orillas del Duero entre San Polo y San Saturio, que te lleva al rincón del poeta. Un camino que se hace verso: 

“Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.” 

Burgo de Osma (detalle fachada catedral)

Desde Soria a San Esteban de Gormaz, para ver la iglesia de San Miguel, otra joya del románico y, desde aquí, al esplendor de El Burgo de Osma, un espejismo de palacios y catedral con torre exagerada, en esta tierra de campos. Catedral que alberga en su interior una espectacular Sala Capitular con el sepulcro de San Pedro de Osma, maestría policroma, que sólo pudimos vislumbrar a través de un ventanal por una curiosa política de visitas que hace que la estancia sólo pueda ser visitada por grupos del al menos seis personas. Así que mi huesito y yo decidimos que iba a ser inviable obtener cuatrillizos por generación espontánea y que a los amigos y la familia les quedaba un poco a desmano el paseíto hasta el citado lugar para hacer asamblea. Tal vez en otra ocasión… 

Cañón del río lobos

Del Burgo de Osma al cañón del río Lobos, un suspiro, llevar el coche hasta el último aparcamiento habilitado, para dar un paseo tranquilo por un cauce tapizado de nenúfares, bajo el vuelo de los buitres leonados y otras aves, hasta la ermita de San Bartolomé. 

Calatañazor (casa al atardecer)

Ya de regreso a Soria, paradita en Calatañazor, hermoso pueblo medieval unido para siempre al recuerdo de Almanzor. En su gesta más memorable, el 11 de agosto del 997, Almanzor destruyó Santiago de Compostela, a la sazón la ciudad de menda lerenda, y obligó a los cautivos cristianos a trasladar a hombros las campanas de la catedral y las puertas de la ciudad hasta Córdoba. Cinco años más tarde, de regreso de una expedición contra San Millán de la Cogolla, cayó enfermo y murió en Medinaceli (Soria), el 10 o el 11 de agosto de 1002. De Calatañazor se dice que Almanzor perdió allí su atambor, es decir, su alegría. Sirva como curiosidad citar que Orson Welles rodaría en la localidad parte del metraje de “Campanadas a medianoche”. 

Y campana sobre campana nos volvimos para Compostela, haciendo parada en Carrión de los Condes para saldar una deuda con la portada de la Iglesia de Santiago, mientras nos dejábamos adormecer lentamente por el inevitable abrazo del otoño.

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