Planeta Plutón

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla…

De mi niñez recuerdo que jugaba con Toñito, el hijo de las Pichitas (las peluqueras de los Basquiños, el primer barrio que conocí) a indios y vaqueros.

Que en una de esas andanzas me caí del muro de la Calle de Abajo (o del Espíritu Santo) y conseguí la cicatriz que adorna mi frente por encima de la ceja del ojo derecho.

Recuerdo que la tele sólo tenía dos canales y que en ella el mundo era en blanco y negro, hasta que los dueños del bar Uruguay, José Ramón y Mari Carmen, compraron una Telefunken con motivo de la final del mundial de 1974 y todo el barrio vio como Holanda (de naranja) la tocaba 17 veces sobre el césped (verde) sin que Alemania (de blanco y negro) pudiese hacer otra cosa que cometer penalti sobre un tal Johann Cruyff.

Recuerdo que por San Juan juntábamos leña para hacer las cacharelas (así llamamos a las hogueras en Compostela) y que el aire olía a sardinas y las manos tenían el tacto de la brona.

También que murió Franco y no tuvimos que ir al colegio durante tres días.

Y recuerdo que en ese mismo colegio, La Inmaculada o La Salle de abajo, nos habían enseñado que nuestro hogar, la Tierra, formaba parte del sistema solar, y que en los límites de ese mismo sistema solar había un planeta llamado Plutón.

Una noche de febrero de 1930 desde las entrañas del desierto de Arizona, donde si miras al cielo debes de verle hasta los divertículos del intestino, un astrónomo estadounidense, Clyde William Tombaugh, descubrió Plutón.

Desde entonces Plutón se convirtió para varias generaciones de humanos en el noveno planeta del sistema solar.

Pero he aquí que una panda de astrónomos cerveceros, de farra congresual y criados con total seguridad bajo el influjo de panfletos anti-sistemas del tipo “Con ocho basta”, decidió en reunión plenaria de la UAI el 24 de agosto de 2006, por unanimidad, reclasificar Plutón como planeta enano, requiriendo que un planeta, para ser considerado como tal, debe “despejar el entorno de su órbita”.

No tengo ni la más remota idea de lo que en astronomía significa “despejar el entorno de su órbita”, pero en cristiano suena a pogromo, exterminio, holocausto, y otras lindezas que a mediados del siglo XX hacían que se le levantase a un tal Adolfo y a la pandilla de tarados que se gustaron escuchándole y siguiéndole, en ese camino hacia ninguna parte que ha sido una de las mayores barbaridades, sino la mayor, que ha cometido la raza humana a lo largo de su estancia sobre la superficie de la Tierra.

Pensaréis, y con razón, que es un pecado comparar la bajada de rango de Plutón por parte de los astrónomos asamblearios con las persecuciones sufridas por naciones, razas, ideologías, opciones sexuales y demás durante el nazismo y, sin duda, lo es. No era esa la intención de estas líneas. La excusa de Plutón me ha dado pie para comentaros alguno de los libros que he estado leyendo últimamente y que como habréis inferido tocan de alguna manera el tema del nazismo, pero desde perspectivas tan diferentes como enriquecedoras.

El primero es de Hanna Arendt (http://es.wikipedia.org/wiki/Arendt) y se titula Eichmann en Jerusalen. Un estudio sobre la banalidad del mal. Es increible como la autora radiografía con un bisturí estadístico y una documentación exhaustiva el trabajo realizado por el oficial alemán organizando el exterminio total de una raza, como si estuviese organizando la salida de producto de una fábrica de azúcar o el festival de navidad de un colegio de primaria.

El segundo es de John Little y se titula Las Benévolas, osado y acertado primer volumen de un escritor estadounidense afincado en Barcelona y que ha redactado en francés una epopeya del horror nazi a través de los ojos de un oficial SS, el múltiple, sádico y humano Herr Aue, que hace que se te pongan los pelos como escarpias.

(http://www.elpais.com/articulo/narrativa/Epopeya/horror/nazi/elpepuculbab/20071027elpbabnar_5/Tes)

El tercero y, desde mi humilde opinión, libro que habría que tener en cuenta como lectura obligatoria para los alumnos de bachillerato de las generaciones futuras es Si esto es un hombre de Primo Levi, demoledor relato en el que el autor narra su experiencia “vital” en el campo de exterminio nazi de Auschwitz, durante la Segunda Guerra Mundial.

(http://es.wikipedia.org/wiki/Si_esto_es_un_hombre)

Por último, el libro que actualmente reposa en la cabecera de mi cama, Vida y destino de Vasili Grossman, porque como escribió el crítico Alejandro Gándara😦http://www.elmundo.es/elmundo/2007/09/28/escorpion/1190974371.html)su gran valor está en lo pequeño, en los seres que sólo ocupan un rincón del mundo y que enseñan esas venas del alma por las que circula la vida cuando merece ser vivida”.

Y creo que de cosas pequeñas querían hablarnos esos astrónomos reunidos el 24 de agosto de 2006 en Praga, cuando decidieron entre cerveza y cerveza, en la vigésimosexta asamblea general de la UAI, que Plutón no era lo suficientemente grande para ser planeta ya que no era capaz de “despejar el entorno de su órbita”, que Plutón era sencillamente algo pequeño. ¿O no?

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