Archivos de la categoría ‘Viajes’

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Un paseo por la cuenca del Duero (y 2).

Noviembre 13, 2009

“Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:

-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.

Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:

-Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.

Y rió mucho la burla.

Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer»”

Lazarillo de Tormes

Nosotros en lugar de salir, por allí entramos, pasando del Águeda al Tormes…

No es este el espacio para describir la belleza ni la monumentalidad de Salamanca, pero tal vez sí para dejar un par de recomendaciones, por si estuviese en vuestro horizonte cercano acercaros por esos lares.

_MG_1652La primera la habilitación de los espacios altos de las catedrales para la visita ofreciendo una perspectiva inédita del esqueleto del edificio y unas vista magníficas sobre la ciudad. Han denominado a esta maravillosa excursión Ieronimus y si pincháis el enlace obtendréis la respuesta al porqué.

La segunda la visita al Museo de Arte Oriental de la ciudad que tiene su sede en el Torreón de los Anaya. Es una escapada a otro mundo a bordo de la colección Pilar Coomonte y Nicolas Gless.

Ah, y no dejéis de ir al cielo.

La siguiente etapa del viaje, en un principio, era la meta.

Una ciudad que siempre que la rozábamos al pasar por la A-6 camino de Madrid, allí por Tordesillas, teníamos intención de visitar, pero unas veces porque no y otras porque tampoco, se nos fue demorando en el tiempo hasta que decidimos coger el toro por los cuernos.

La reapertura, tras su restauración, del antiguo Museo Nacional de Escultura, ahora denominado Museo Colegio de San Gregorio haciendo honor al edificio principal de entre los que albergan la colección, fue la principal excusa._MG_2102

De las mejores paradas museísticas de los últimos años. El edificio impresionante, la colección excelente, de Berruguete a Gregorio Fernández, pasando por Juan de Juni, pasear por entre un sillería de coro espectacular, poder observar todos los fragmentos de un retablo a la altura de los ojos y degustar la armonía de los pasos procesionales de la Semana Santa.

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid recomiendo para aquellos que se quieran arriesgar con una lectura difícil a descubrir “El Cielo”, de Ángel García Pintado. En palabras de su autor: “un retablo cuya lectura debe poseer una cadencia parecida a la procesional”. Un libro excelente que quiere ser un homenaje a la tradicional imaginería española, personalizada en el escultor Gregorio Fernández.

Para Valladolid se nos unieron Alejandro y María y, con ellos, Pantagruel que venía de polizón y no se dieron cuenta. Qué puedo decir: crujientes de morcilla de cigales, estofado de rabo de toro al Ribera de Duero con verbena de setas, perdiz escabechada…La Criolla, decorado con numerosas fotografías de Lola Herrera (enorme Lola) en diversas actuaciones a través de los años .

Valladolid, comer y tapear, sin pérdida: alrededores de la Plaza Mayor. Imprescindible. Ambientazo._MG_2039

Y que decir de los caldos. Nosotros hicimos una visita guiada a las instalaciones de Abadía Retuerta en Sardón de Duero, muy amena y con una pequeña cata al final de la visita. Tras lo que nos fuimos a comer lechazo al Zurita en Tudela de Duero. Un pellizco de paraiso, ñam…

La carretera nos llevó rapidamente a Peñafiel, y su castillo de Exin, alzado como un acorazado sobre la población.

El punto final lo puso Palencia, a orillas del Duratón, con su magnifica catedral, ciertamente desconocida, por la que nos guió Don José, párroco jubilado de Carrión, tras otra de esas sentadas para el avituallamiento dignas de mención: Asador La Encina (hermosa tortilla de patatas).

El empacho lo fuimos digiriendo de vuelta a casa. Es posible que todavía sigamos …y ya se acercan los cocidos…miedo me doy…

 

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Un paseo por la cuenca del Duero (1)

Octubre 26, 2009

En realidad el título de este post no es más que una cortina de agua que enmascara a los verdaderos protagonistas de esta escapada: la gastronomía y el vino. Es cierto que para hacer el paripé, para no quedar de glotones pantagruélicos, disfrazamos la ruta con paseíllos y visitas ciertamente interesantes, pero rememorando estos días pasados entre Portugal y Castilla, los olores y los sabores son lo primero que rescata la memoria (Ay colesterol, mi colesterol).

Desde Galicia cruzamos la frontera con Portugal bajando desde Verín hacia Chaves para dirigirnos a Lamego, primera parada del viaje. En el corazón mismo de la cuna del vino de Oporto, que recibe el nombre de aquella ciudad, aunque se produzca aquí, al calor de un valle favorecido por un amable clima mediterráneo en donde no es extraño encontrar naranjos y olivos acompañando a los viñedos en la configuración del paisaje.

Paisaje escalonado en terrazas a través del valle del Douro con una preciosa carretera, la N-222, trazada al borde mismo del río, que une las localidades de Peso da Regua y Pinhao. Es como ir recorriendo el cauce a bordo de un rabelo, las embarcaciones tradicionales que se utilizaban para bajar el vino hasta Oporto. En este recorrido se alzan quintas de las principales marcas productoras del vino, muchas de ellas reconvertidas en maravillosos lugares donde descansar, disfrutar de la gastronomía, degustar los caldos y recrearse en la amabilidad de clima y del paisaje.

En Pinhao se debe hacer un alto para disfrutar de la pequeña y  coqueta estación de tren, decorada con azulejería que representa las distintas fases de la producción y el transporte del vino. _MG_1169

Ya en Lamego, dos lugares señalados a destacar: la Portada de la Sé, con unas curiosas representaciones eróticas que llaman la atención, y la capilla de San Pedro de Balsemao, la más antigua de Portugal, cuyos orígenes se remontan al S.VII.

A la mañana siguiente, antes de poner rumbo a tierras salmantinas, paramos en Guarda, la ciudad más alta de Portugal. Construida a más de mil metros de altura, capital mayor de la Serra da Estrela. Un pastelillo y un café en la plaza principal, presidida por su imponente catedral gótica, con aire de fortaleza.

Del Douro saltamos al Águeda, el río que baña la señorial Ciudad Rodrigo, el oasis del oeste de Salamanca. De su pasado romano han heredado los habitantes de la ciudad el gentilicio de mirobrigenses, aunque mayormente se les conoce por el apodo de farinatos, apelativo debido a un embutido de origen local elaborado a base de miga de pan, grasa de cerdo y cebolla, sazonados con sal, pimentón, comino, ajo, cebolla, anís, aguardiente y aceite de oliva . Se suele tomar acompañando de huevos fritos. En el momento de ser servido ha de mezclarse todo y directo a la yugular colesteroleica. Aceptad un consejo: para tomar a la hora de comer, no se aconseja cenar. Se puede acompañar para su mejor entrada por un vino de las Arribes del Duero.

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Ciudad Rodrigo

Ciudad Rodrigo esta rodeada en todo su perímetro por una muralla habilitada para el paseo. Desde ella se puede uno hacer con la ciudad de un plumazo. Desde el castillo de Enrique II de Trastámara, reconvertido en Parador, hasta la Catedral de Santa María, cuya torre guarda las cicatrices de los pepinazos que recibió durante la Guerra de la Independencia.

Si uno callejea se encuentra con una buena cantidad de palacios señoriales que jalonan todas las calles de la ciudad que inevitablemente conducen  hasta la hermosa Plaza Mayor, presidida por el magnífico ayuntamiento renacentista. La plaza es el centro de la vida de la ciudad y es una gozada tapear cuando cae la tarde en las terrazas que la salpican, o acercarse a sus espaldas hasta el callejón que alberga el Zascandil, local de tapas de diseño con sabor de la tierra.

Si lo que uno quiere es una buena sentada se ha de dejar caer por el Estoril o el Mayton._MG_1475

La visita a la catedral es obligada. Magnífica la fachada sur o “de las cadenas”, el pórtico del perdón, el coro y un sepulcro conocido como el “altar de alabastro”, aunque lo que nos resultó más llamativo fueron las figurillas talladas en las basas de las columnas del claustro, una especie de divertimento muy curioso.

A tres cuartos de hora de viaje desde Ciudad Rodrigo se llega a la Peña de Francia, en la que se asienta un santuario dominico dedicado a la virgen del mismo nombre, cuyos orígenes se remontan al siglo XV. Situado a  1783 metros de altitud, desde la meseta que lo preside se contempla un singular paisaje que abarca la llanura castellana, las montañas de las Hurdes y la sierra de la Estrella en Portugal. (Eso si el viento y el frío os lo permiten, porque por no hacer sangre digamos simplemente que hace una rasca que te cagas).

Bajando de la Peña de Francia se zambulle uno en el conjunto de pueblos que salpican la sierra y dan entrada al valle de las Batuecas, entre los que destacan La Alberca, Mogarraz, Miranda del Castañar y San Martín del Castañar.

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La Alberca

El más turístico, sin duda, es La Alberca, con una preciosa plaza Mayor a la que conducen calles en cuyas casas los dinteles se muestran cincelados con las fechas de su fundación y con inscripciones, signos y anagramas religiosos. En la iglesia parroquial se puede ver un interesante púlpito en granito policromado del siglo XVI.

Para comer en la zona, el Mesón Taurino, en la plaza del pueblo de Mogarraz. Excelentes carnes a la brasa (Magnífica recomendación de Carlos).

Nos pareció muy bonito el conjunto de San Martín del Castañar, con una plaza de toros de planta irregular, encastrada entre el castillo, en cuyo recinto se alberga el cementerio, y  las casas del pueblo.

Y desde el Águeda, al Tormes…

Aunque como bien dice el refrán: “Salamanca no hace milagros, el que va jumento no vuelve sabio”.

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Pois, Oeste (Viaje a Portugal, y 3)

Agosto 17, 2009

Los árabes lo llamaron al-Garb al-Andalus (el oeste de Al-Ándalus), la tierra por donde se pone el sol. Hoy el sol es, sin ninguna duda, su mayor reclamo.

_MG_9939El Algarve se ofrece al Atlántico desde la desembocadura del Guadiana hasta el Cabo de San Vicente. Unas costas plagadas de playas paradisíacas, acantilados espectaculares, y repletos de cuevas y grutas abiertas en la roca caliza, extraordinarias filigranas de piedra.

Sobresalen los de A Ponta da Piedade en Lagos, a los que se puede acceder en barcas que se alquilan en el canal de acceso al club náutico. El precio se negocia en los puestos que se sitúan en las orillas del canal, donde los distintos vendedores llamarán vuestra atención para mostraros las diferentes embarcaciones que ofertan. _MG_9951

Un paseo de unas dos horas, con un recorrido en el que la barca os conducirá por el medio de las grutas y formaciones rocosas que salpican este tramo de costa os costará, aproximadamente, unos 10 euros por cabeza. Nuestro barca se llamaba “O barco do amor II”. La timoneaba un viejo marinero, seguramente ya jubilado, que iba explicándonos, a medida que avanzábamos, los nombres de las diferentes calas que nos íbamos encontrando y señalándonos formaciones rocosas con formas curiosas, que si un elefante, que si un dragón, que si King Kong…una delicia de paseo, acariciados por el sol y acunados por el mar.

El Cabo de San Vicente marca el Finisterre portugués, el último pellizco de tierra que los marineros veían antes de adentrarse en el océano. Al lado del faro los acantilados alcanzan alturas de vértigo. Pespuntando la costa hacia Sagres nos vamos encontrando con playas paradisíacas. El Sagres de la primera mitad del siglo XV se convirtió en el núcleo de la expansión marítima portuguesa, recibiendo estudiosos y navegantes de todas las nacionalidades, reunidos en torno a la figura del infante Henrique o Navegador (Enrique el Navegante).

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La fortaleza, donde supuestamente se asentaba la mítica Escuela de Sagres, fue seriamente dañada por el terrremoto de 1755. La ola que provocó el Tsunami pasó por encima del cabo en el que se asienta. Ha sido reconstruida en diferentes momentos históricos desde entonces.

El resto de nuestro tiempo en el oeste, exceptuando una paradita en un super parque acuático que produjo muchas risas y no menos agujetas al día siguiente, lo pasamos zanganeando.

Os recuerdo que zanganear es lo que hacía Willy, el colega de la abeja Maya, durante todos los episodios de la serie. Al igual que él, nosotros también libamos (canecas de cerveza, caipirinhas, coco-locos…), comimos como becerros, y tomamos el sol y la sombra, dependiendo del momentum y de lo que nos pidiera el cuerpo.

Hubo siestas y hubo tiempo para la lectura. Acabamos la trilogía de Stieg Larsson, leímos “Imperium” de Robert Harris (recomendación de Miloncho) y seguimos con Fred Vargas (“El hombre de los círculos azules”). Marta se decidió por “El lado oscuro del amor” de Rafik Schami, del que dice que es una obra maestra. Lo confirmaremos este agosto, de nubes y trabajo.

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Pois, pedras e amor. (Viaje a Portugal 2)

Agosto 2, 2009

Para celebrar su victoria sobre las tropas de Castilla en 1385, en la batalla de Aljubarrota, Joao I de Portugal ordenó levantar el convento de Santa Maria da Vitória, o lo que es lo mismo, el Mosteiro de Batalha.

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Capela do Fundador. Batalha.

Cuando uno inicia las vacaciones, escapa del perpetuo nubarrón que mora en el cielo de Santiago, se alegra el día con una comidita, y se espabila la modorra dando un paseo por un lugar tan extraordinario como ese, concluye que las vacaciones han comenzado bien. Pero bien, bien.

En Batalha conviven variados estilos, que van desde el gótico radiante con influencias del Período Perpendicular inglés, al flamígero, pasando después al  Renacentismo manuelino y bla, bla, bla…

Fundamental en la visita:

Capilla del Fundador: con las tumbas de Joao I y sus hijos, entre ellas las de Henrique o Navegador (Enrique el Navegante), impulsor de las aventuras marítimas de Portugal. Recordar aquí que con su impulso, bajo el reinado de su padre, Portugal descubrió los archipiélagos de Madeira y Açores, tocó Canarias e inició el rastreo del contorno africano.

Supongo que estar enterrado con la familia en este magno escenario no está mal, pero creo que para un enamorado del mar, como él, una tumba en Sagres o en el cabo de San Vicente mirando al océano al que dedicó su vida sería un homenaje más afortunado.

Capelas Imperfeitas (inacabadas): Panteón del rey Duarte. Pues eso, que no se acabaron. Entrada anexa al edificio principal. Octógono al que le falta la bóveda que habría de cubrir el espacio central, dejando que los elementos que lo habrían de sustentar, sujeten el cielo.

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Gárgola. Batalha.

Portada: Aglomeración de estatuas. Tetramorfos en el tímpano. Apóstoles y demás haciendo compañía. Majestuosa.

Sala Capitular: En ella está la tumba del soldado desconocido en honor a los soldados portugueses caídos durante la Gran Guerra.

Imprescindible: Las gárgolas que adornan todo el edificio.

Imprescindible 2. En la Plaza detrás de las Capelas Imperfeitas, saborear una caneca fría bajo una sombrilla.

El segundo día amaneció nublado y con un calabobos que nos hizo variar el plan que habíamos trazado con antelación al viaje. La idea inicial era ir hasta Peniche y tomar un barco a las Ilhas Berlengas.

Como el tiempo no acompañaba dimos un golpe de timón y aparecimos en Alcobaça.

El monasterio de Alcobaça, al contrario que Batalha no fue construido como monumento conmemorativo de un hecho histórico singular, sino que su traza responde a la Orden del Cister. Fue la primera obra gótica construida en suelo portugués y las obras se iniciaron en 1178.

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Cozinha. Alcobaça.

No me voy a parar especialmente en los espacios que componen su interior, aunque sí me gustaría subrayar la imponente cocina del recinto que llama poderosamente la atención durante la visita, con una lareira de 3 x 8 metros en la base y con una altura de 25 metros, convirtiéndose tras la nave de la iglesia en el segundo punto más alto de la construcción.

Alcobaça nos atrae como un imán, sobretodo, porque en su transepto están las tumbas de los amantes Pedro de Portugal (el futuro Pedro I) y la gallega Inés de Castro, reconocida reina de Portugal después de muerta.

Inés fue acogida en la corte de Valladolid como dama de compañía de Constanza Manuel, hija del infante don Juan Manuel. En 1336, doña Constanza se casó por poderes en Évora con el príncipe Pedro, hijo del rey portugués Alfonso IV. El príncipe, al conocer a Inés se quedó prendado de su belleza, e iniciaron un romance que mantuvieron oculto, hasta que en 1345, Constanza falleció mientras daba a luz a Fernando, tercer hijo del matrimonio y futuro rey de Portugal.

Una vez muerta Constanza, el príncipe Pedro proclamó el romance que mantenía con Inés, noticia que no fue bien acogida por su padre, el rey Alfonso IV, receloso de una posible intervención castellana en el reino y dispuesto a proteger los derechos dinásticos de su nieto Fernando.

La pareja se refugió en Coimbra en la Quinta das Lágrimas, donde dieron rienda suelta a su pasión. Allí Isabel dio a luz a cuatro hijos. En 1354 los amantes se unieron en matrimonio, oficiado en la más estricta intimidad por el obispo de Guarda. La noticia no debió gustar al monarca luso, pues al poco ordenaba –en consenso con las Cortes– el asesinato de doña Inés con el fin de despejar el “hechizo” que ejercía sobre su hijo.

En 1355 tres sicarios dieron muerte a Inés de Castro, lo que desató las iras de don Pedro enzarzando al país durante dos años en un conflicto fratricida hasta que ambas partes lograron la reconciliación poco antes de la muerte de Alfonso IV.

Según cuenta la leyenda, el ya proclamado rey Pedro I quiso resarcir el honor de su amor verdadero. Para ello ordenó desenterrar el cadáver de doña Inés, sentarla en el trono y hacer que los cortesanos, que tanto habían vilipendiado su buen nombre, le rindieran un póstumo homenaje en señal de respeto.

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Tumba de Inés de Castro. Alcobaça.

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Pois, Lisboa (Viaje a Portugal 1)

Julio 23, 2009

La crónica de esta andanza empieza por el final. Intercalada en el regreso, como el último suspiro del condenado, Lisboa, parada y fonda.

Perderse por sus calles, subir a los eléctricos (tranvías), tomar canecas (jarras grandes de cerveza), pasear por calles que Pessoa, como cantaba Coppini , aclimató a su rumbo.

Devagar.

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Subir a los miradores, cerca del Castelo de Sao Jorge, para disfrutar de las vistas de la ciudad. Más tarde, lentamente, deslizarse a través del laberinto de Alfama, donde el olor a sardinas en la parrilla, la ropa meciéndose en los tendales, los juegos de sombra y sol por las infinitas callejuelas, nos hicieron desembocar en una deliciosa e inesperada sorpresa: pois, café.

Espacio único, a la manera de una nave-salón, donde se puede homenajear al paladar con una comida pausada, en un decorado como de almacén, al que hubiesen ido a parar los viejos muebles de la casa de la abuela, que se desparraman por la estancia hasta llegar al mostrador, tras el cual la cocina se despliega ante los ojos transparente y sencilla, sin trampa ni cartón._MG_0180

Estanterías llenas de libros, de guías, exposiciones temporales, un mar de tranquilidad.

Un placer que no tiene pérdida: mirando la fachada de la Sé (Catedral), tomamos la calle que sale por el margen derecho y a unos 100 metros, llegamos al destino.

No es una diana difícil de acertar. La recompensa merece la pena.

Desde la Baixa, soñada por el Marqués de Pombal de las cenizas que había dejado el terremoto que asoló la ciudad en 1755, tomamos el elevador de Santa  Justa, una preciosidad post-eiffeliana, para aterrizar en una de los múltiples rincones con encanto de la ciudad, el Largo do Carmo, que alberga las ruinas del Convento que lleva su mismo nombre. En estas se ubica el Museo Arqueológico do Carmo de la Asociación de Arqueólogos Portugueses, que alberga en su interior piezas muy interesantes, desde tumbas exquisitamente ornamentadas, a muestras de azulejería de toda la península, e incluso, momias peruanas y egipcias. El escenario es magistral, la cicatriz más visible del terremoto de 1755, con sus arcos que no sostienen otro techo más que el cielo.

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En el Largo do Carmo, a la sombra de los árboles que protegían del calor reinante, descubrimos a un personaje extraordinario: un buscavidas mongol, hablando con mucho aspaviento en ruso por un teléfono móvil, sentado tras una mesa sobre la que descansaban algunas de las acuarelas que había ido pintando a lo largo de sus cinco años de estancia en el país, en los que, según nos contó, había intentado captar su esencia, la de sus mujeres,  la de sus ritmos, trabajando en diversos menesteres sin que le doliesen prendas: campañas de vendimia, trabajos como actor en publicidad, artista a tiempo completo…

Adquirimos dos acuarelas, un desnudo femenino y un Galo de Barcelos espectacular, todo corazón, en los que había aplicado la acuarela con café, consiguiendo que el olor impregnase el papel. Os dejo aquí uno de sus trabajos como actor para la conocida marca de cervezas portuguesa Super Bock.

Un paseo por calles pobladas de músicos callejeros de máximo nivel, nos condujo desde Chiado al hotel.

Al día siguiente, quilómetro a quilómetro, fuimos despertando del sueño.

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Canal du Midi (y 3): Epílogo

Mayo 11, 2009

La mala previsión del tiempo adelantó nuestra arribada al puerto de Trèbes al sábado por la mañana (teníamos el barco alquilado hasta el lunes). 

_MG_7965Esto nos dio opción a conocer un poco Trèbes: pequeña villa en la periferia de Carcassonne, bañada por el Aude, con una bonita iglesia, la de San Esteban, cubierta por armadura de carpintería sostenida por 175 repisas decoradas en sus extremidades por pinturas que proponen una visión de la sociedad de finales del siglo XIII, a través de personajes en busto, procedentes de todas las esferas sociales. 

Es una villa tranquila en la que se puede ver a la gente del pueblo disfrutando de uno de los pasatiempos nacionales: la petanca. 

Por la tarde volvimos a pasear por Carcassonne, hicimos alguna compra (vino, foie-gras y quesos) y nos preparamos para el día siguiente en que llegaría el segundo motivo inicial de nuestro viaje: comer una auténtica cassoulet en Caltelnadaury (pueblo situado a unos 35 km al oeste de Carcassonne, de donde es originario este plato). 

Elegimos para este manjar la Maison du Cassoulet de Castelnadaury. La mañana amaneció totalmente bluff, a saber, lluvia a mansalva desde el toque de diana hasta que nos sentamos a las 12:30 horas delante de la cazuela. 

La cassoulet es una especie de bomba atómica calórica, prima lejana de la fabada asturiana, en la que las habas se bañan en un mar espeso habitado por muslos confitados de ganso o pato, su grasa correspondiente, salchichas de Toulouse, cebolla, zanahoria, ajo, hierbas aromáticas, sal, pimienta, etc. La receta la podéis encontrar fácilmente en Internet. Una excelencia suculenta que hace que asomen las lágrimas a mis ojos simplemente con recordarla. 

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Por la tarde, huyendo del mal tiempo, nos acercamos hasta Narbona (Narbonne).

Colonia romana fundada en el 118 a.C., sita en la Vía Domitia (calzada que unía Roma con Hispania), de la que se puede ver un fragmento en la plaza del ayuntamiento, para después acercarse a la espectacular e inacabada Catedral de los Santos Justo y Pastor, con su coro construido entre 1272 y 1332 cuyas bóvedas se elevan más de 40 metros, y su crucero inacabado. 

A Narbona llega un ramal del Canal du Midi, llamado Canal de la Robine, que a su paso por la ciudad dibuja una estampa bellísima cuando, cerca de la plaza del ayuntamiento, su curso se desliza bajo las casas construidas sobre el arco de un puente, a la manera de los de Rialto de Venecia o del Ponte Vecchio de Florencia. 

Y ya llegado el lunes, jornada de vuelta a casa para enterarnos, al cruzar la frontera, de la crisis de la gripe A (H1N1), porcina por aquel entonces, devorando kilómetros a la espera del sempiterno abrazo de la lluvia que como es costumbre se produjo una vez más recién rebasado el cartel de entrada en Galicia (hay cosas que nunca cambian). _MG_8131

No me gustaría terminar esta serie de artículos sobre el viaje sin esbozar al menos unas breves pinceladas sobre la historia del Canal du Midi.

El Canal du Midi es el canal navegable en funcionamiento más antiguo de Europa. Fue construido bajo la dirección del ingeniero Pierre-Paul Riquet entre 1666 y 1681. Trabajaron en su construcción más de 12.000 personas. A partir de su puesta en servicio el canal fue utilizado para el transporte de pasajeros y correo. Los barcos se propulsaban mediante caballos que tiraban de ellos siguiendo los caminos paralelos al curso del agua. En un momento determinado la fuerza motriz animal fue sustituida por el uso del motor.

El Canal du Midi recorre 241 kilómetros entre Toulouse y Marseillan (en Hérault). Su profundidad media es de 2 metros y su anchura media de 20 metros en la superficie y 11 en el fondo.

En 1996 fue declarado Patrimonio de la Humanidad.

En la actualidad su uso es fundamentalmente turístico.

Para finalizar os dejo esta canción, Les copains d’abord, mi favorita de George Brassens, a cuyo texto íntegro podéis acceder picando aquí. Os adelanto uno de sus estribillos y os dejo un video de Brassens interpretándola en directo.

“Yo he tomado muchos barcos
pero el único que ha aguantado
que no ha cambiado de rumbo
cambiado de rumbo
navegaba tranquilamente
por encima de qué dirán
y se llamaba Los Amigos Primero
Los Amigos Primero” 

C’est fini. Au revoir.

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Canal du Midi (2): Singladura

Mayo 3, 2009

En Trèbes nos hizo entrega del barco la “miejda” Molina. Pequeña mujercilla francesa de apellido español con una notable animadversión hacia el origen anglosajón de su empresa. Una “miejda” el exotismo del nombre mezclando francés e inglés, una “miejda” la impresora de “miejda” que utilizaba para imprimir las facturas y demás papeleo, en la bolsa de capitán de “miejda” que nos entrego había un kit de “miejda” para parchar las bicis en caso de pinchazo (“ni se les ocurra utilizarlo, si pinchan, llamen ustedes y les repondremos una bicicleta en condiciones inmediatamente”). En fin, una buena “miejda”. 

Pasamos después al mini-curso de pilotaje del “bateau” a cargo del mecánico Pascual, que en un plis-plas nos enseñó grosso modo el manejo del barco. 

_mg_7786Y hala, a navegar. A 300 metros del puerto la esclusa de Trèbes (triple) hace que te pongas las pilas en un periquete. Sufrimos un poco de descoordinación al principio, descoordinación que fue siendo subsanada con el paso de las esclusas y con las horas de navegación a pasos agigantados, y no sin especializarnos en la caricia de pilares de puente con el costado del barco, algo que mis compañeros de tripulación tuvieron a bien bautizar en mi honor con la expresión “hacer un Manuel”, y algún que otro percance sin mayor importancia. 

La navegación por el Canal, una vez que se le coge el tranquillo al barco y se consigue llevarlo recto en lugar de en zig-zag, permite disfrutar de los paisajes que vamos encontrando: los plátanos de sombra que perfilan todo su recorrido, tras de ellos los campos de cultivos y, sobretodo, los viñedos, la torre de alguna iglesia que se dibuja en el horizonte, los puentes por debajo de los que se circula, los puentes-canal (especie de acueductos que sirven para que el curso salve algún arroyo o riachuelo que se cruza en su trazado)… 

Los pueblos en los que fuimos parando son muy pequeños. En algunos incluso no hay panadería, el pan lo vende una furgoneta que se acerca a la plaza principal por las mañanas. 

Los más grandes cuentan con supermercado y algún que otro restaurante. Algunos de estos estaban cerrados, pero dejan intuir que en temporada alta debe de haber bastante movimiento. 

_mg_7768A lo largo de toda la ruta tapizan las orillas barcos que permanecen allí varados en estancias de larga duración. Muchos de ellos bajan desde Centroeuropa para pasar el invierno en un clima más agradecido. 

La fauna se compone mayoritariamente de patos (abundantísimos), alguna que otra oca, cisnes, y lo más exótico: los coipos (especie de rata-castor muy tímida y asustadiza, gondoncha y torpona fuera del agua, lo que le confiere cierta gracia, buena nadadora, de dientes enormes y de vida eminentemente nocturna).

En cuanto a la climatología nuestra semana de navegación se repartió fiity-fifty entre días nublados amagando lluvia, chispeando en ocasiones, con vientos fuertes en determinados instantes y temperaturas no muy altas, y días de calor veraniego (27 grados) en los que eran una gozada tanto la navegación como disfrutar de un paseo en bicicleta, de una cervecita en una terraza, o del atardecer sobre el Canal. 

Punto y aparte es la gente. De una amabilidad y educación exquisitas, absolutamente alejados del tópico del francés arrogante y chauvinista que no da señales de vida por estos lares. Yo, la verdad sea dicha, nunca me he topado en Francia con individuos que respondan a ese tópico, más bien todo lo contrario, aunque siempre puede haber algún toca pelotas (cómo en cualquier otro lado) que intente amargarte el día, pero no en Francia especialmente, al menos, en el sur que es la parte del país que más conozco. _mg_8093

A causa de la previsión del tiempo, decidimos regresar a la base de Trèbes con anterioridad al plan inicial previsto, lo que nos abrió un cierto margen para disfrutar de otras opciones los dos últimos días…

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Canal du Midi: Preámbulo.

Abril 29, 2009

Saliendo un viernes a las 6 de la tarde había que preveer una parada obligatoria para ganar kilómetros y pasar la noche, así que nos decidimos por Carrión de los Condes (Palencia). Parada y fonda. Puerros, lacón, setas y jijas (picadillo), y una copita en el Adarve (pub situado debajo del hostal) donde reventamos la media de edad de manera elocuente, lo que nos animó a retirarnos a nuestros aposentos a una hora prudente.

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Llegamos a Albi a media tarde del sábado. Dejamos las maletas en el hotel Cantepau, en la calle del mismo nombre, y nos dimos un primer garbeo por la ciudad.

Yo había estado en Albi hace unos 20 años. Es una ciudad preciosa, dominada por la mole de ladrillo de su catedral (la más grande del mundo en este material), bañada por el Tarn a cuyas orillas la grapan tres puentes espectaculares, y siempre a la sombra del más mítico de los habitantes nacidos en su seno: Henri de Toulouse-Lautrec.

En el Palacio de la Berbie se encuentra el museo del pintor, una exposición permanente nos descubre las primeras pinturas de infancia, las caricaturas en cualquier soporte, los años de París, los carteles…Un momento para que la vista disfrute que no nos va a robar mucho tiempo.

La otra visita obligada es la de la Catedral de Sainte-Cécile. No nos engañemos, la austeridad exterior de ese enorme leviatán, alberga en su interior un tesoro de color y buen gusto que la decoran desde la base hasta la cima.

Un último punto de interés es la colegiata de Saint-Salvi, con su claustro inscrito en un patio de casas y el pasadizo que esconde.

Cenamos al lado del mercado en un bistrot llamado L’Atelier du Vin, rodeados de gente del pueblo, un local de decoración mínima y cocina máxima. Foie gras de canard mi cuit maison, arenques en vinagreta, salmón, lengua y  estofado de buey (bourguignon), todo ello regado por un Bourdeaux muy fino (Château de Lisennes 2005).

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A media mañana del domingo hicimos parada en Cordes sur Ciel, a veinte kilómetros de Albi. Ciudadela medieval colgada del aire, que se derrama en un entramado de callejuelas salpicadas por un puñado de casas góticas, algunas de ellas con fachadas decoradas por figuras espectaculares, en las que se recrean desde escenas de caza, a otro tipo de representaciones con una interpretación más difícil (figuras gritando que salen de las fachadas, animalillos desfigurados que se cuelgan de las cornisas…).

(Os dejo aquí un enlace a las fotos de las figuras)

En el centro de la ciudadela se encuentra el mercado del siglo XIII. Tuvimos la suerte de que el día de nuestra visita se celebraba en él una especie de feria medieval con degustación de productos de la zona. Se canjeaba moneda real (Euro) por moneda impresa especialmente para la ocasión (Ecu) y, con ella, compramos viandas tales como maigret de canard, salchichas blancas artesanales, vino, y para rematar postres. Sentados en bancos corridos junto a los habitantes del pueblo y de sus alrededores, vestidos de domingo, disfrutamos de una parada suculenta.

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Ya a media tarde nos dirigimos hacia el sur, a través de la Montaña Negra, de donde toma sus aguas el Canal du Midi, para llegar en una tarde lluviosa y fría a Carcassonne.

Carcassonne es una postal, la de su Cité, tres kilómetros y pico de recinto doblemente amurallado que visto desde la distancia ofrece una estampa magnífica. Ya intramuros la postal se convierte en una especie de Disneylandia romano-gótica, un mercadillo masivo enfocado hacia el turista donde se puede comprar todo tipo de souvenirs, parar a comer, o lo que a uno se le ocurra. En esta época del año es asumible, pero supongo que en época estival o en periodos concretos de vacaciones, la visita se puede convertir en un suplicio.

Extramuros, Carcassonne, es una sucesión de calles que se cruzan en una planta rectangular trazada con cartabón, donde se pueden visitar la catedral, el puerto del Canal a su paso por la ciudad, perderse para disfrutar de un café en alguna plaza o, sencillamente, pasear.

El lunes tras aprovisionarnos en un supermercado de existencias para la travesía recogimos nuestro barco de la compañía Le Boat, modelo Marengo, en el puerto de Trèbes. Allí conocimos a la “miejda” Molina…

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Soria pura, cabeza de extremadura.

Octubre 16, 2008

Soria es un tajo llamado el collado, por el que se mueven sus gentes en busca de conversación y de viandas, de chocolates con churros en el York, o de un vino o una caña, en una de las múltiples barras que se lanzan a la calle a través de las ventanas de sus bares. 

Soria es la palabra del poeta que vino del sur, encontró el amor, y dejó su corazón enterrado en las frías orillas del Duero. 

“Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.” 

Tras los pasos de Antonio Machado recorrimos el aula en la que impartió clases en el instituto que hoy lleva su nombre, la excepcional portada de la iglesia románica de Santo Domingo (con esa matanza de los inocentes absolutamente gore), el claustro de San Juan de Duero con su sucesión de arcos que en su diferencia conjugan la armonía, y el paseo a orillas del Duero entre San Polo y San Saturio, que te lleva al rincón del poeta. Un camino que se hace verso: 

“Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.” 

Burgo de Osma (detalle fachada catedral)

Desde Soria a San Esteban de Gormaz, para ver la iglesia de San Miguel, otra joya del románico y, desde aquí, al esplendor de El Burgo de Osma, un espejismo de palacios y catedral con torre exagerada, en esta tierra de campos. Catedral que alberga en su interior una espectacular Sala Capitular con el sepulcro de San Pedro de Osma, maestría policroma, que sólo pudimos vislumbrar a través de un ventanal por una curiosa política de visitas que hace que la estancia sólo pueda ser visitada por grupos del al menos seis personas. Así que mi huesito y yo decidimos que iba a ser inviable obtener cuatrillizos por generación espontánea y que a los amigos y la familia les quedaba un poco a desmano el paseíto hasta el citado lugar para hacer asamblea. Tal vez en otra ocasión… 

Cañón del río lobos

Del Burgo de Osma al cañón del río Lobos, un suspiro, llevar el coche hasta el último aparcamiento habilitado, para dar un paseo tranquilo por un cauce tapizado de nenúfares, bajo el vuelo de los buitres leonados y otras aves, hasta la ermita de San Bartolomé. 

Calatañazor (casa al atardecer)

Ya de regreso a Soria, paradita en Calatañazor, hermoso pueblo medieval unido para siempre al recuerdo de Almanzor. En su gesta más memorable, el 11 de agosto del 997, Almanzor destruyó Santiago de Compostela, a la sazón la ciudad de menda lerenda, y obligó a los cautivos cristianos a trasladar a hombros las campanas de la catedral y las puertas de la ciudad hasta Córdoba. Cinco años más tarde, de regreso de una expedición contra San Millán de la Cogolla, cayó enfermo y murió en Medinaceli (Soria), el 10 o el 11 de agosto de 1002. De Calatañazor se dice que Almanzor perdió allí su atambor, es decir, su alegría. Sirva como curiosidad citar que Orson Welles rodaría en la localidad parte del metraje de “Campanadas a medianoche”. 

Y campana sobre campana nos volvimos para Compostela, haciendo parada en Carrión de los Condes para saldar una deuda con la portada de la Iglesia de Santiago, mientras nos dejábamos adormecer lentamente por el inevitable abrazo del otoño.

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Camino Soria

Octubre 9, 2008

Carretera de Teruel a Soria, y después de pasar Calamocha, llegamos a la sorprendente Daroca que nos recibe con su fuente de los veinte caños y la majestuosidad de la Puerta Baja.

Para recorrer Daroca os remito a esta página realizada por Paco Bueno recogiendo, para quien interese, la historia de la localidad, e ilustrada con fotos de los lugares y monumentos más significativos. En la oficina de turismo de Daroca os podéis proveer de un plano en el que han trazado un recorrido por los principales puntos de interés de la localidad como opción para disfrutar de un agradable paseo. 

Calatayud

Fue una visita de médicos, una horita de paseo por el centro, suficiente para hacer boca, observando las torres de las iglesias, la magnifica portada plateresca de Santa María la Mayor, dejándonos llevar por las calles y las plazas, tirando algunas fotos (con los monumentos y con Alfonso I el Batallador), en fin,  disfrutando sin más. 

Como decía Baltasar Gracián, ese universal bilbilitano: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”