“Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:
-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
-Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Y rió mucho la burla.
Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer»”
Lazarillo de Tormes
Nosotros en lugar de salir, por allí entramos, pasando del Águeda al Tormes…
No es este el espacio para describir la belleza ni la monumentalidad de Salamanca, pero tal vez sí para dejar un par de recomendaciones, por si estuviese en vuestro horizonte cercano acercaros por esos lares.
La primera la habilitación de los espacios altos de las catedrales para la visita ofreciendo una perspectiva inédita del esqueleto del edificio y unas vista magníficas sobre la ciudad. Han denominado a esta maravillosa excursión Ieronimus y si pincháis el enlace obtendréis la respuesta al porqué.
La segunda la visita al Museo de Arte Oriental de la ciudad que tiene su sede en el Torreón de los Anaya. Es una escapada a otro mundo a bordo de la colección Pilar Coomonte y Nicolas Gless.
Ah, y no dejéis de ir al cielo.
La siguiente etapa del viaje, en un principio, era la meta.
Una ciudad que siempre que la rozábamos al pasar por la A-6 camino de Madrid, allí por Tordesillas, teníamos intención de visitar, pero unas veces porque no y otras porque tampoco, se nos fue demorando en el tiempo hasta que decidimos coger el toro por los cuernos.
La reapertura, tras su restauración, del antiguo Museo Nacional de Escultura, ahora denominado Museo Colegio de San Gregorio haciendo honor al edificio principal de entre los que albergan la colección, fue la principal excusa.
De las mejores paradas museísticas de los últimos años. El edificio impresionante, la colección excelente, de Berruguete a Gregorio Fernández, pasando por Juan de Juni, pasear por entre un sillería de coro espectacular, poder observar todos los fragmentos de un retablo a la altura de los ojos y degustar la armonía de los pasos procesionales de la Semana Santa.
Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid recomiendo para aquellos que se quieran arriesgar con una lectura difícil a descubrir “El Cielo”, de Ángel García Pintado. En palabras de su autor: “un retablo cuya lectura debe poseer una cadencia parecida a la procesional”. Un libro excelente que quiere ser un homenaje a la tradicional imaginería española, personalizada en el escultor Gregorio Fernández.
Para Valladolid se nos unieron Alejandro y María y, con ellos, Pantagruel que venía de polizón y no se dieron cuenta. Qué puedo decir: crujientes de morcilla de cigales, estofado de rabo de toro al Ribera de Duero con verbena de setas, perdiz escabechada…La Criolla, decorado con numerosas fotografías de Lola Herrera (enorme Lola) en diversas actuaciones a través de los años .
Valladolid, comer y tapear, sin pérdida: alrededores de la Plaza Mayor. Imprescindible. Ambientazo.
Y que decir de los caldos. Nosotros hicimos una visita guiada a las instalaciones de Abadía Retuerta en Sardón de Duero, muy amena y con una pequeña cata al final de la visita. Tras lo que nos fuimos a comer lechazo al Zurita en Tudela de Duero. Un pellizco de paraiso, ñam…
La carretera nos llevó rapidamente a Peñafiel, y su castillo de Exin, alzado como un acorazado sobre la población.
El punto final lo puso Palencia, a orillas del Duratón, con su magnifica catedral, ciertamente desconocida, por la que nos guió Don José, párroco jubilado de Carrión, tras otra de esas sentadas para el avituallamiento dignas de mención: Asador La Encina (hermosa tortilla de patatas).
El empacho lo fuimos digiriendo de vuelta a casa. Es posible que todavía sigamos …y ya se acercan los cocidos…miedo me doy…







El Algarve se ofrece al Atlántico desde la desembocadura del Guadiana hasta el Cabo de San Vicente. Unas costas plagadas de playas paradisíacas, acantilados espectaculares, y repletos de cuevas y grutas abiertas en la roca caliza, extraordinarias filigranas de piedra.








Esto nos dio opción a conocer un poco Trèbes: pequeña villa en la periferia de Carcassonne, bañada por el Aude, con una bonita iglesia, la de San Esteban, cubierta por armadura de carpintería sostenida por 175 repisas decoradas en sus extremidades por pinturas que proponen una visión de la sociedad de finales del siglo XIII, a través de personajes en busto, procedentes de todas las esferas sociales. 

Y hala, a navegar. A 300 metros del puerto la esclusa de Trèbes (triple) hace que te pongas las pilas en un periquete. Sufrimos un poco de descoordinación al principio, descoordinación que fue siendo subsanada con el paso de las esclusas y con las horas de navegación a pasos agigantados, y no sin especializarnos en la caricia de pilares de puente con el costado del barco, algo que mis compañeros de tripulación tuvieron a bien bautizar en mi honor con la expresión “hacer un Manuel”, y algún que otro percance sin mayor importancia.
A lo largo de toda la ruta tapizan las orillas barcos que permanecen allí varados en estancias de larga duración. Muchos de ellos bajan desde Centroeuropa para pasar el invierno en un clima más agradecido. 






