Bajo un sombrero borsalino, un joven de casi setenta y cinco años, salta a la arena del auditorio de Castrelos. Saluda al respetable levantando el sombrero, dejando al descubierto las nieves perpetuas que coronan su cabeza. Se gana la primera ovación de la noche. Esto se repetirá en numerosas ocasiones. El público está entregado ya antes de que comience la función.
Entre la masa heterogénea que puebla el recinto diviso la impresión en una camiseta: “LOS FEOS SOMOS MÁS”. Asoma una sonrisa a mis labios.
Me recuerda lo que Janis Joplin le cantaba al joven del escenario, sobre una cama desecha del Hotel Chelsea, mientras las limusinas esperaban en la calle “cómo sabes prefiero a los hombres apuestos, pero contigo voy a hacer una excepción…bueno al fin y al cabo qué más da, SOMOS FEOS, PERO TENEMOS LA MÚSICA”.
Y la música empezó.
El hombre joven, de casi setenta y cinco, hincó la rodilla ante una guitarra y la invitó a que le hiciese bailar hasta el fin del amor.
Sonó todo lo que tenía que sonar. Cómo el mismo dijo: “Queridos amigos, vamos a darlo todo”.
Y así, durante tres horas, desfilaron todos los recuerdos de una vida: los partisanos, las hermanitas de la caridad, el pájaro en el alambre, las voces de aquellos que no saben decir adiós, lo que todo el mundo sabe, un vals de Lorca, una vida secreta, un aleluya…
Creía que había sido suficiente. Incluso nos despedimos de Marianne y tomamos Manhattan primero, y después, Berlín… y, de repente, el joven, guitarra en mano, inició los acordes de mi canción favorita. Una epístola sobre la amistad, el amor, la traición y el perdón: la famosa gabardina azul. Fue un regalo increíble.
No voy a detenerme aquí en la excepcional calidad de los músicos que lo arropaban. Tampoco en los tres ángeles que secundaron, con sus extraordinarias voces, la de él, la del Comandante Cohen. De ello han dado cuenta las crónicas que se pudieron leer en los distintos medios de comunicación en los días que siguieron al concierto.
Me quedo con la humildad de un poeta que agradecía a la concurrencia el que hubiesen mantenido vivo el espíritu de sus canciones. El anhelo de un hombre que deseaba la paz para aquellos que se sintiesen acompañados por la familia y los amigos, y para aquellos a los que sólo abraza la soledad. La alegría de un espíritu libre que se despedía saltando como un colegial por un escenario coronado por dos corazones que al entrelazarse formaban una estrella de David.
Definitivamente, Leonard Cohen, es nuestro hombre.





Yo ya he leído “Huye rápido, vete lejos” y “Bajo los vientos de Neptuno”. Ahora estoy leyendo “La tercera virgen”. Absolutamente recomendables. Para un verano fantástico de agua, sol, arena y palabras.


Podría hablar de la crisis, pero sería soberanamente aburrido. 
Expectacular exposición que se puede ver estos días en Vigo (después visitará Coruña).
En After Dark, Haruki Murakami, vuelve por sus fueros en cuanto a la inspiración musical (de nuevo el jazz), para dar rienda suelta a una historia de bellas durmientes, de ejecutivos de familia estándar que por las noches se convierten en lobos feroces, del despertar de la inocencia y de la búsqueda del afecto de los otros, bajo el paraguas monótono de la gran metrópoli donde la noche convierte a la ciudad en otro lugar diferente.
En Un hombre en la oscuridad, Paul Auster utiliza de nuevo otro alter ego, en esta ocasión un posible cliente del Inserso, para pilotar una balsa en la que cruzar el largo océano de la noche, repasando por un lado su propia vida, las pérdidas y los recuerdos y, por otro, creando mundos paralelos que sirven al autor para esbozar una ácida crítica de la América de Geroge W. Bush.
(Hablando del jugo que se le puede sacar a una noche, recomiendo encarecidamente revisar, o descubrir, la extraordinaria After Hours (¡Jo, qué noche!) de Martin Scorsese. Imprescindible)