Archivo de Agosto 2009

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Pois, Oeste (Viaje a Portugal, y 3)

Agosto 17, 2009

Los árabes lo llamaron al-Garb al-Andalus (el oeste de Al-Ándalus), la tierra por donde se pone el sol. Hoy el sol es, sin ninguna duda, su mayor reclamo.

_MG_9939El Algarve se ofrece al Atlántico desde la desembocadura del Guadiana hasta el Cabo de San Vicente. Unas costas plagadas de playas paradisíacas, acantilados espectaculares, y repletos de cuevas y grutas abiertas en la roca caliza, extraordinarias filigranas de piedra.

Sobresalen los de A Ponta da Piedade en Lagos, a los que se puede acceder en barcas que se alquilan en el canal de acceso al club náutico. El precio se negocia en los puestos que se sitúan en las orillas del canal, donde los distintos vendedores llamarán vuestra atención para mostraros las diferentes embarcaciones que ofertan. _MG_9951

Un paseo de unas dos horas, con un recorrido en el que la barca os conducirá por el medio de las grutas y formaciones rocosas que salpican este tramo de costa os costará, aproximadamente, unos 10 euros por cabeza. Nuestro barca se llamaba “O barco do amor II”. La timoneaba un viejo marinero, seguramente ya jubilado, que iba explicándonos, a medida que avanzábamos, los nombres de las diferentes calas que nos íbamos encontrando y señalándonos formaciones rocosas con formas curiosas, que si un elefante, que si un dragón, que si King Kong…una delicia de paseo, acariciados por el sol y acunados por el mar.

El Cabo de San Vicente marca el Finisterre portugués, el último pellizco de tierra que los marineros veían antes de adentrarse en el océano. Al lado del faro los acantilados alcanzan alturas de vértigo. Pespuntando la costa hacia Sagres nos vamos encontrando con playas paradisíacas. El Sagres de la primera mitad del siglo XV se convirtió en el núcleo de la expansión marítima portuguesa, recibiendo estudiosos y navegantes de todas las nacionalidades, reunidos en torno a la figura del infante Henrique o Navegador (Enrique el Navegante).

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La fortaleza, donde supuestamente se asentaba la mítica Escuela de Sagres, fue seriamente dañada por el terrremoto de 1755. La ola que provocó el Tsunami pasó por encima del cabo en el que se asienta. Ha sido reconstruida en diferentes momentos históricos desde entonces.

El resto de nuestro tiempo en el oeste, exceptuando una paradita en un super parque acuático que produjo muchas risas y no menos agujetas al día siguiente, lo pasamos zanganeando.

Os recuerdo que zanganear es lo que hacía Willy, el colega de la abeja Maya, durante todos los episodios de la serie. Al igual que él, nosotros también libamos (canecas de cerveza, caipirinhas, coco-locos…), comimos como becerros, y tomamos el sol y la sombra, dependiendo del momentum y de lo que nos pidiera el cuerpo.

Hubo siestas y hubo tiempo para la lectura. Acabamos la trilogía de Stieg Larsson, leímos “Imperium” de Robert Harris (recomendación de Miloncho) y seguimos con Fred Vargas (“El hombre de los círculos azules”). Marta se decidió por “El lado oscuro del amor” de Rafik Schami, del que dice que es una obra maestra. Lo confirmaremos este agosto, de nubes y trabajo.

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Leonard Cohen. Auditorio de Castrelos, Vigo (13/08/2009)

Agosto 16, 2009

Bajo un sombrero borsalino, un joven de casi setenta y cinco años, salta a la arena del auditorio de Castrelos. Saluda al respetable levantando el sombrero, dejando al descubierto las nieves perpetuas que coronan su cabeza. Se gana la primera ovación de la noche. Esto se repetirá en numerosas ocasiones. El público está entregado ya antes de que comience la función.

3821268976_b61535b633Entre la masa heterogénea que puebla el recinto diviso la impresión en una camiseta: “LOS FEOS SOMOS MÁS”. Asoma una sonrisa a mis labios.


Me recuerda lo que Janis Joplin le cantaba al joven del escenario, sobre una cama desecha del Hotel Chelsea, mientras las limusinas esperaban en la calle “cómo sabes prefiero a los hombres apuestos, pero contigo voy a hacer una excepción…bueno al fin y al cabo qué más da, SOMOS FEOS, PERO TENEMOS LA MÚSICA”.

Y la música empezó.


El hombre joven, de casi setenta y cinco, hincó la rodilla ante una guitarra y la invitó a que le hiciese bailar hasta el fin del amor.

Sonó todo lo que tenía que sonar. Cómo el mismo dijo: “Queridos amigos, vamos a darlo todo”.

Y así, durante tres horas, desfilaron todos los recuerdos de una vida: los partisanos, las hermanitas de la caridad, el pájaro en el alambre, las voces de aquellos que no saben decir adiós, lo que todo el mundo sabe, un vals de Lorca, una vida secreta, un aleluya…

Creía que había sido suficiente. Incluso nos despedimos de Marianne y tomamos Manhattan primero, y después, Berlín… y, de repente, el joven, guitarra en mano, inició los acordes de mi canción favorita. Una epístola sobre la amistad, el amor, la traición y el perdón: la famosa gabardina azul. Fue un regalo increíble.


No voy a detenerme aquí en la excepcional calidad de los músicos que lo arropaban. Tampoco en los tres ángeles que secundaron, con sus extraordinarias voces, la de él, la del Comandante Cohen. De ello han dado cuenta las crónicas que se pudieron leer en los distintos medios de comunicación en los días que siguieron al concierto.

Me quedo con la humildad de un poeta que agradecía a la concurrencia el que hubiesen mantenido vivo el espíritu de sus canciones. El anhelo de un hombre que deseaba la paz para aquellos que se sintiesen acompañados por la familia y los amigos, y para aquellos a los que sólo abraza la soledad. La alegría de un espíritu libre que se despedía saltando como un colegial por un escenario coronado por dos corazones que al entrelazarse formaban una estrella de David.

Definitivamente, Leonard Cohen, es nuestro hombre.


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Pois, pedras e amor. (Viaje a Portugal 2)

Agosto 2, 2009

Para celebrar su victoria sobre las tropas de Castilla en 1385, en la batalla de Aljubarrota, Joao I de Portugal ordenó levantar el convento de Santa Maria da Vitória, o lo que es lo mismo, el Mosteiro de Batalha.

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Capela do Fundador. Batalha.

Cuando uno inicia las vacaciones, escapa del perpetuo nubarrón que mora en el cielo de Santiago, se alegra el día con una comidita, y se espabila la modorra dando un paseo por un lugar tan extraordinario como ese, concluye que las vacaciones han comenzado bien. Pero bien, bien.

En Batalha conviven variados estilos, que van desde el gótico radiante con influencias del Período Perpendicular inglés, al flamígero, pasando después al  Renacentismo manuelino y bla, bla, bla…

Fundamental en la visita:

Capilla del Fundador: con las tumbas de Joao I y sus hijos, entre ellas las de Henrique o Navegador (Enrique el Navegante), impulsor de las aventuras marítimas de Portugal. Recordar aquí que con su impulso, bajo el reinado de su padre, Portugal descubrió los archipiélagos de Madeira y Açores, tocó Canarias e inició el rastreo del contorno africano.

Supongo que estar enterrado con la familia en este magno escenario no está mal, pero creo que para un enamorado del mar, como él, una tumba en Sagres o en el cabo de San Vicente mirando al océano al que dedicó su vida sería un homenaje más afortunado.

Capelas Imperfeitas (inacabadas): Panteón del rey Duarte. Pues eso, que no se acabaron. Entrada anexa al edificio principal. Octógono al que le falta la bóveda que habría de cubrir el espacio central, dejando que los elementos que lo habrían de sustentar, sujeten el cielo.

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Gárgola. Batalha.

Portada: Aglomeración de estatuas. Tetramorfos en el tímpano. Apóstoles y demás haciendo compañía. Majestuosa.

Sala Capitular: En ella está la tumba del soldado desconocido en honor a los soldados portugueses caídos durante la Gran Guerra.

Imprescindible: Las gárgolas que adornan todo el edificio.

Imprescindible 2. En la Plaza detrás de las Capelas Imperfeitas, saborear una caneca fría bajo una sombrilla.

El segundo día amaneció nublado y con un calabobos que nos hizo variar el plan que habíamos trazado con antelación al viaje. La idea inicial era ir hasta Peniche y tomar un barco a las Ilhas Berlengas.

Como el tiempo no acompañaba dimos un golpe de timón y aparecimos en Alcobaça.

El monasterio de Alcobaça, al contrario que Batalha no fue construido como monumento conmemorativo de un hecho histórico singular, sino que su traza responde a la Orden del Cister. Fue la primera obra gótica construida en suelo portugués y las obras se iniciaron en 1178.

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Cozinha. Alcobaça.

No me voy a parar especialmente en los espacios que componen su interior, aunque sí me gustaría subrayar la imponente cocina del recinto que llama poderosamente la atención durante la visita, con una lareira de 3 x 8 metros en la base y con una altura de 25 metros, convirtiéndose tras la nave de la iglesia en el segundo punto más alto de la construcción.

Alcobaça nos atrae como un imán, sobretodo, porque en su transepto están las tumbas de los amantes Pedro de Portugal (el futuro Pedro I) y la gallega Inés de Castro, reconocida reina de Portugal después de muerta.

Inés fue acogida en la corte de Valladolid como dama de compañía de Constanza Manuel, hija del infante don Juan Manuel. En 1336, doña Constanza se casó por poderes en Évora con el príncipe Pedro, hijo del rey portugués Alfonso IV. El príncipe, al conocer a Inés se quedó prendado de su belleza, e iniciaron un romance que mantuvieron oculto, hasta que en 1345, Constanza falleció mientras daba a luz a Fernando, tercer hijo del matrimonio y futuro rey de Portugal.

Una vez muerta Constanza, el príncipe Pedro proclamó el romance que mantenía con Inés, noticia que no fue bien acogida por su padre, el rey Alfonso IV, receloso de una posible intervención castellana en el reino y dispuesto a proteger los derechos dinásticos de su nieto Fernando.

La pareja se refugió en Coimbra en la Quinta das Lágrimas, donde dieron rienda suelta a su pasión. Allí Isabel dio a luz a cuatro hijos. En 1354 los amantes se unieron en matrimonio, oficiado en la más estricta intimidad por el obispo de Guarda. La noticia no debió gustar al monarca luso, pues al poco ordenaba –en consenso con las Cortes– el asesinato de doña Inés con el fin de despejar el “hechizo” que ejercía sobre su hijo.

En 1355 tres sicarios dieron muerte a Inés de Castro, lo que desató las iras de don Pedro enzarzando al país durante dos años en un conflicto fratricida hasta que ambas partes lograron la reconciliación poco antes de la muerte de Alfonso IV.

Según cuenta la leyenda, el ya proclamado rey Pedro I quiso resarcir el honor de su amor verdadero. Para ello ordenó desenterrar el cadáver de doña Inés, sentarla en el trono y hacer que los cortesanos, que tanto habían vilipendiado su buen nombre, le rindieran un póstumo homenaje en señal de respeto.

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Tumba de Inés de Castro. Alcobaça.